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RELATOS DE LESBIANAS

EVA

Su nombre es el de la primera mujer y, aunque juré y perjuré que no volvería a morder la manzana prohibida en forma de mujer rubia, no pude evitar comerla con piel.

Como nos conocimos… podemos simplificarlo diciendo que los caminos de Internet son inescrutables y no siempre las maneras típicas de este medio son las que te dan las mejores oportunidades para conocer gente interesante.

La había visto en un par de fotos pero, esa cámara fue totalmente injusta, la imagen que representaba a esa persona no respetaba nada lo que con mis propios ojos vi. Fue tal el impacto de sus increíbles ojos azules que toda la tranquilidad que tenía para nuestra primera cita se vio truncada y transformada, a su vez, en un estado de nervios difícilmente comparable con algo.

Lo cierto es que me impresionó mucho la belleza de su cara, tanto, que me vi obligada a dejar de mirarla para poder dirigirme a ella con palabras. No hay cosa que mas me moleste que esos estados en los que todo se pone complicado y no puedo evitar tartamudear. No se cual fue su primera impresión con respecto a mi, pero se debió de quedar sorprendida ante mi repentina timidez y mi dificultad para mirarla directamente. Soy mujer, se supone que puedo hacer varias cosas al mismo tiempo, pero ante determinadas cosas…

Había quedado con dos de mis amigos, Jose y Patricia, hacía una hora, pero, como siempre, la puntualidad no es su fuerte, así que decidimos ir dando un paseo por mi pueblo (era la primera vez que estaba en el) e ir a su encuentro. Me temblaban las piernas, por eso decidí ir andando, a ver si con algo de movimiento se me iba pasando.

Si soy sincera, no recuerdo muy bien de que hablamos, se que me dijo que le gustaba la poesía, y también se que a penas pude articular mas de cuatro o cinco palabras seguidas de cada vez. Después de las presentaciones de rigor en el bar donde estaban mis amigos, pedimos un par de aguas y me colé detrás de la barra para poder observarla mejor y así poder evitar hablar con ella para observarla desde la distancia. No la desplacé, solo dejé que conversara con los otros para mirar.

Decidieron que el mejor plan a seguir sería el de irnos de turismos rural. Una bonita ruta a través la Galicia profunda descubriendo lugares que, a veces, descuidamos los propios y disfrutan los ajenos. Sentadas en el asiento de atrás del coche y sin a penas hablar, pude seguir disfrutando del paisaje que se extendía ante mi, sin tener tan siquiera que forzar la vista para traspasar el cristal. Definitivamente, es una mujer muy bella, y, también definitivamente, mi dificultad en el habla tenía mucho que ver con eso.

Fuimos a varios lugares: un molino restaurado, un pazo y rutas rurales varias hasta que decidimos a donde ir a cenar y a donde íbamos a ir antes de hacerlo. Nos iríamos de vinos y luego de mariscada. Si es que, el mejor marisco de Galicia se come en el centro.

Con el paso de las horas en compañía, comencé a hablar más y a abrirme. Mostrarme como soy: una niña pequeña a la que le gusta jugar. En todo el paseo por nuestra pequeña zona de vinos no dejamos de hablar en ningún momento los cuatro, hasta que volvimos al coche, ya un poco chispas (por lo menos yo) y la conversación se volvió un poco más íntima entre nosotras.

Casi entre susurros, con las cabezas casi pegadas y mi mano al lado de la suya, en un roce a penas perceptible. Ya no me daba miedo mirarla a los ojos y aprovechaba la mínima para clavar mis ojos en los suyos, sin decir palabra, mientras me hablaba.

Llegamos al restaurante para cenar y, como la cena tardaría un rato, salimos las dos fuera a darle al feo vicio del tabaco. Supongo que fue una pequeña excusa para poder estar otro buen rato a solas. Lo cierto es que me lo estaba poniendo fácil, me hacía sentir cómoda, por eso, cada vez estaba mas cerca de ella y no me cortaba un pelo para tener algún contacto físico con ella.

Cuando regresamos a la mesa, nuestra pareja acompañante, ya se estaba poniendo las botas con esa cena que se dice afrodisíaca, regada con un buen vino Rioja (siendo gallegos y cometiendo el pecado de no aderezar el marisco con un buen Albariño), entre sonrisas y miradas cómplices tanto entre ellos como con nosotras. Que bien se está en buena compañía y cuanto se disfruta si se quiere con muy poca cosa. Durante la cena no dejé de mirarla y de lanzarle alguna que otra picada, ya había dejado de sentirme nerviosa y me apetecía tontear con ella para averiguar hasta donde podría llegar esa situación.

Durante el café me sentí bien, aunque puedo asegurar que hubiese preferido estar a solas con ella, manteniendo una charla a cuatro bandas al tiempo que no conseguía alejar mi creciente interés en esa desconocida. Si yo la miraba, ella me miraba y si no, pues también. Hacía mucho tiempo que no ejercitaba tanto mi capacidad de atención (suele ser bastante limitada), y con ella, no podía y no quería dejar de tenerla.

Volvimos al coche y en el volvimos a los jueguecitos del principio: charlas al oído y las manos casi pegadas. Juro que me moría de ganas de besarla en ese momento, pero nunca me atrevo a hacer esas cosas. Eso si, tenía muy claro que haría todo lo posible para conseguirlo. Que morbazo me daba esa rubia.

Llegamos al bar donde "lo mejor de lo mejor" se junta cada noche para dar que hablar al resto de la población, un bar en el que ponen música rock pero, cuando llegamos los de siempre, el ambiente cambia y entramos en uno de esos momento de todo vale, recorriendo la discografía típica del orgullo gay. Bailamos, cantamos, gritamos, nos divertimos, reímos y ella estaba sentada mirándonos divertida. La animamos para que se nos uniera, pero dijo que le daba vergüenza, entonces me senté a su lado.

Me gustó su olor. Era rico y envolvente. Allí sentadas, mirándonos. Ella se acercaba para hablarme al oído y decirme lo bien que se lo pasaba. Noté un roce en mi mano y agarré la suya como si me perteneciera. Me gustó su tacto, era suave. Volvió a acercarse para hablarme al oído y giré mi cara en un amago de acercamiento… tenía muchas ganas de averiguar a que sabía su boca, y ella lo notó. Supongo que el estar en un lugar público, el hecho de que no nos conocíamos a penas y lo directo de mis intenciones la cortaron lo suficiente para ponerla nerviosa.

Tenía muchas ganas, pero muchas ganas, de estar a solas con ella. Deseaba, deseaba… no se lo que deseaba, pero estaba claro que a ella si. Mujeres con esa lucidez y con esa belleza, mujeres que son el morbo personificado, en fin, una mujer que merecía (y merece) la pena. Aunque me daba mucho miedo un rechazo, le pregunté si quería venir a mi casa, su coche estaba al lado de esta, así que, si se quería marchar, lo tenía fácil. Aun no era la una de la madrugada cuando estábamos entrando en el portal.

Pasamos, tomamos asiento y…

"Mira, llevo toda la noche con una cosa en la cabeza, pero me da mucha vergüenza. Tengo muchas ganas de besarte, pero no me atrevo a hacerlo."

"Se puede intentar"

Se me acercó y me besó. Era mejor de lo que esperaba, la verdad. Que bien besa esa rubia. Notaba como su lengua recorría mi boca y como sus manos se aferraron a mi cabeza. Toda la vergüenza que tenía se me pasó y no pude dejar mis manos quietas y sujetas al sofá, tuve que comenzar a pasearlas a lo largo de sus costados, por su espalda, por su pelo.

El beso se estaba tornando cada vez mas pasional, cada vez estábamos mas cerca, mas pegadas y yo cada vez tenía mas ganas de tenerla debajo y sin ropa. Su olor, su tacto y su forma de besarme me estaban volviendo loca. No me quería dejar llevar por mis impulsos, no quería asustarla. Pero no pude.

La fui recostando en sofá y me fui colocando sobre ella. Mis manos se colaron bajo su camiseta y una de ellas se fue directa a desabrochar el incordio que hace que la fuerza de la gravedad no se note tanto mientras la otra se iba colando bajo aquella tela para alcanzar sus pechos de tamaño ideal para mí. Se que le costó dejarse llevar, pero sus manos no me pusieron muy fácil el que yo pudiera calmarme.

Quise comprobar si me había mentido en una de esas mini charlas que habíamos tenido sobre nuestros puntos débiles, y separé un poco mi boca de la suya para apoderarme de su oreja derecha, de allí seguir bajando por su cuello dando pequeños mordiscos mientras mis manos hacían la labor de subir su camiseta y seguí bajando hasta llegar a sus pechos y asirme a ellos como si me fuera a caer de un momento a otro. Sentir sus manos agarrándome el pelo y notar su respiración agitada, así como los suspiros y gemidos de ambas en el ambiente, estaban haciendo que las cosas se fueran precipitando cada vez más.

Pero me detuvo. Tomamos aire. Era el primer beso y ya estábamos así. ¡Yo ya estaba deseando el segundo! Lo cierto es que solo nos separaban unos 5 cm., por que me negaba a apartarme de encima de ella. Pero, aunque pequeñita y manejable, mi trentañera me giró para dejarme (sorprendente su fuerza) a su merced. ¡Y yo preocupada! Para que nos íbamos a engañar, las camisetas hacía rato que sobraban y nos las quitamos, realmente sobraba toda la ropa, pero… queríamos ir "despacio". Seguimos con los besos, pero esta vez yo tenía una rubia entre las piernas, y menuda rubia.

Hacía tiempo que no me sentía tan excitada con alguien, también hacía mucho tiempo que no tenía tantas ganas de hacer disfrutar tanto a alguien. Se que estaba nerviosa y que tampoco era muy usual que estuviéramos en ese punto la primera vez que nos veíamos. Pero lo estábamos y ni yo ni ella queríamos dejarlo pasar. ¿Para que dejar para mañana lo que podemos hacer hoy?

Clavé mis dientes en su cuello otra vez mientras mis manos fueron directas a acariciar su suave delantera, mientras su pelo acariciaba mi cara, lo que hacía que mi excitación aumentara cada vez más. Me encantaba sentir sus besos, su lengua en mi boca, era muy excitante todo. Se me cruzó un cable y me levanté, la agarré de la mano, la llevé a mi cama y nos empezamos a hacer el amor como si fuera lo último del mundo.

Era tal el grado de morbo, de pasión, de ganas que teníamos que, cuando sentí su mano acariciar mi clítoris que casi me corro en el momento. Su manera de tocarme, su forma de acariciarme, el modo en el que me besaba… a pesar de que era la primera vez que estábamos juntas, me sentí tan cómoda, tan a gusto, que parecía que llevábamos meses haciéndolo. Al igual que cuando tiras una piedra en el río, que va haciendo pequeñas ondas cada vez mas grandes, su mano se transformó en esa piedra y mi cuerpo en ese río que iba haciendo olas, cada vez mayores, de un placer casi indescriptible, hasta que la presa que contenía el agua estalló asolando todo.

Con todas las ganas del mundo, la tumbé y me puse sobre ella. Estaba agradecida. Por primera vez en mucho tiempo alguien me hacía volar de ese modo y quería, al menos, devolverle una pequeña parte de lo que me había hecho sentir. Conseguí desabrocharle el pantalón, aunque en un principio se había negado… y mi mano se coló entre la tela. Estaba muy húmeda.

No hay nada mas excitante para mi que sentir la excitación entre los dedos de la persona con la que estoy, nada mas bello que mirar, besar, acariciar y volver a acariciar un cuerpo femenino que sabes que disfruta recibiendo tanto como tu regalando. No hay nada superior que sentir un orgasmo ajeno sabiéndote la causa. Me gustó mucho sentirla así, ver cada uno de sus gestos, escuchar cada uno de sus gemidos y notar sus brazos rodeando mi cuerpo en un abrazo que me supo a miel.

Regresamos de nuevo al sofá, y seguíamos sin ser capaces de separarnos. Me encanta la gente cariñosa, y yo lo soy. Hablamos de algunas cosas, me hizo muchas preguntas que no respondí… y a una hora tempranera (de madrugada) conseguimos dejar de besarnos y achucharnos para dejar que la mujer de la manzana prohibida partiera con destino a su hogar.

Ya a solas en casa pensé en lo que había pasado. Y sonreí, estaba contenta. No es muy usual conocer a personas así, y tampoco encontrar una buena amante como lo es ella. Por primera vez en mucho tiempo, alguien me hizo sentir realmente bien, realmente cómoda y por fin alguien me hacía disfrutar así.

Para os ollos azuis mais bonitos.